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Cincuenta

¿Te gusta nadar?
Me relaja.
¿Te planteas metas?
No hace falta. Terminar cada largo.
¿Es tu pasión?
No. El ajedrez.
No recuerdo bien, con doce, catorce años era un niño más solitario. En una excursión a Cuenca recuerdo ser objeto de burlas, las recuerdo con dificultad. Cuando nado el agua no me permite escuchar con claridad, me aturde, me relaja y los sonidos son similares a mis recuerdos de entonces. Si tengo claro que el ajedrez me permitía evadirme, esconderme.
En espacios que solo conocía yo me sentía seguro, protegido. Los dibujaba en folios que se convertían en mapas de islas recónditas y no cobraron forma hasta que encontré uno de madera cuyos accidentes geográficos eran formas geométricas que delimitaban los movimientos de sus pobladores. O blanco o negro todo cobraba sentido, o estaba bien o mal pero no había espacios para la ambigüedad. La verdad era la jugada correcta, la combinación perfecta era música y no me dejaba escuchar las rimas que me dedicaban en aquella excursión a Cuenca.
Terminar un largo no es que sea suficiente meta, es que sin perder de vista mi necesidad cada vez mayor de futuro, me planteo a los cincuenta retos algo más cercanos que la extensión de mi brazo, lo suficiente para hacer un esfuerzo sin generar un problema muscular.
En la natación me refugio y pienso si podría volver a retomar objetivos similares en el ajedrez.
Jugué en competiciones de mi edad durante unos años y abandoné con el regusto amargo del esfuerzo no recompensado. Lo hice pronto y por objetivos mucho más ambiciosos cuando mi espíritu romántico me hacía construir un personaje ávido de un pasado del que aún no disponía y que debía impregnarme de carácter. Quería ser como Humphrey Bogart y dejé el ajedrez por el sueño del cine.
Nado a espalda porque creo que mi trabajo como auxiliar de geriatría lo exige. Me ayuda a cuidar mi espalda. Mis piernas responden muy bien. Me gusta cuidar de personas mayores, las siento cerca.
En los márgenes de un campo de futbol de tierra no prestaba atención a como mis compañeros levantaban en oleadas una polvareda que teñía de gris mi chándal. Calculaba variantes y desplazaba con seguridad mis piezas. Entonces creía posible ser campeón del mundo, estaba a tiempo y aún no habían surgido ni Kaspárov ni Carlsen ni mucho menos la informática. Mi edad me avalaba, mi tesón y mi capacidad de soñar me hacía ver las cosas claras.
Cuando nado a crawl me cuesta coger aire suficiente pero cada vez que alcanzo el bordillo con la reserva al límite se que he cubierto otra etapa con éxito, logros que me permiten volver a girar y seguir adelante.

-Pero cuentas los largos que nadas-

-Porque quiero tener referencias-

-Son retos, muy pequeños pero motivan-

Por eso te planteas objetivos en una relación inversa cuanto mayor es el tiempo transcurrido más cercanos te los propones.

Interpretar una película con Jane Fonda, recibir un Óscar frente al espejo del cuarto de baño, ganar el Nobel de Literatura. A medida que los sueños se multiplicaban el título de campeón mundial de ajedrez se alejaba y así sucedió con los nuevos retos. La realidad comenzó a abrirse paso, el polvo bajó y dejó ver caminos más austeros, los actores triunfadores eran cómicos del camino.

La escuela de Arte Dramático dejó paso a los talleres en Embajadores y ser clown y animar a niños en cumpleaños alcanzó una dimensión similar a la del cepillo de dientes entre mis manos mientras agradecía a mis familiares todo el apoyo prestado en mis años iniciales. La pasta de dientes no era color oro, era blanca pero daba igual.

Al acabar me relajo flotando boca arriba, observo el techo y se que he hecho un buen trabajo. Subo por la escalerilla, me seco no la toalla y con la mascarilla colocada vuelvo al vestuario. Sonrío pero nadie lo sabe, lo sé yo y es suficiente.